NOTAS DE INTERÉS

Daría parte de mi vida
con tal de saber cuál es
la temperatura promedio en el paraíso
Aforismos

Georg Christof Lichtenberg

 

El terremoto de Lisboa de 1755, que destruyó la ciudad y en el que murieron cerca de 100 mil personas, marcó también el origen de la sismología moderna. Los filósofos ilustrados de la Francia en las vísperas revolucionarias, debatieron el tema desde distintas perspectivas científicas, y algunos literatos tuvieron un tema de narraciones y relatos.

Antes, en mayo de 1647, un terremoto en el reino de Chile, provincia del imperio español, produjo una conmoción en el universo de la época. Santiago de Chile desapareció, igual que Lisboa cien años más tarde. Desde entonces, en Chile han sufrido varios terremotos aún más destructivos: 1960, 2010 y 2014, los tres con intensidades superiores a 8º. En la intensidad se clasifica la categoría: terremoto, sismo, temblor. El terremoto de 1647 fue el tema de una obra maestra literaria: El terremoto de Chile*, del trágico escritor del romanticismo alemán Heinrich von Kleist (Francfort del Òder, 1777-Berlín, 1811). Dramaturgo por excelencia, von Kleist representa la intensidad del drama. En El terremoto de Chile se narra una historia de amor condenada por la Inquisición. A punto de decapitar a la amada del personaje central, la tierra azota con furia inusitada la capital Santiago, sus costas y sus islas. La ejecución se suspende; la historia de amor sigue su curso, pero la fatalidad eclesiástica se rehace y se cumple la condena.

Los fenómenos destructivos considerados desastres, suelen clasificarse en geológicos, hidrometeorológicos, químicos, sanitarios y socio-organizativos. Los segundos son los que más daño han acumulado en el tiempo, y ahora mismo los noticieros dan cuenta de los efectos destructivos en Sinaloa y Sonora.

No pasa un día sin que sepamos de fenómenos de sismicidad en Japón y en el Lejano Oriente, con tsunamis, trombas y lluvias intensísimas que arrasan regiones enteras y donde mueren miles o cientos de miles de personas.

En la actualidad, sin embargo, el calentamiento global ha provocado desastres naturales hidromeorológicos cada vez más continuos y destructivos. Varias ciencias han reunido sus esfuerzos para estudiarlos y predecirlos, con escaso éxito. Acaso sea cierto lo que un célebre economista ha escrito: las grandes crisis económicas se parecen a los grandes terremotos: ambos se pueden predecir diez segundos antes de que ocurran.

En el CONCYTEQ es el tema de la Exposición de octubre de 2018. Se cumple así con la responsabilidad científica y moral de dar razón de lo que la ciencia y la tecnología están investigando para conocer y prevenir la destrucción sísmica y de otros fenómenos naturales que nos amenazan con su fuerza arrolladora y tienen el poder incontrolable de decapitarnos, como a la hermosa amada chilena del terremoto de 1745 donde Heinrich von Kleist sitúa su terrible pero hermoso drama amoroso.

La ciencia no se queda quieta. El espíritu científico quiere comprender lo que no sabe. A veces en un acto de desesperación, como el de Max Planck cuando descubrió el Quántum, deja constancia final de que una era había dado comienzo. Gracias a Planck, Einstein se enteró y se convenció de que la energía misma está cuantizada. La mecánica cuántica empezaba su historia.

Por ello es de enorme importancia rescatar el espíritu de interacción de las ciencias, ahora más fragmentadas que nunca antes desde la física de la Antigüedad. La ingeniería, la química, la física, la medicina, la fisiología, las ciencias atmosféricas, la psicología social, la ética, la antropología física y humana y todas las demás, tienen el deber ético de la concurrencia.  

Después de cada desastre, en cuanto una cierta calma nos anuncia que la naturaleza ha descargado su incontenible furia, el recuerdo traumático nos desvela la fragilidad humana, pero a la vez nos muestra la admirable solidaridad social, la presencia inmediata del vecino. No hay duda: durante la tragedia y después de ella, volvemos a ser humanos. Por unos días queda contradicha la profecía fatal del fin del ser humano y del imperio del hiperindividuo hiperconsumista. Es entonces, cuando vemos manos, sudores y miles de llantos contenidos, cuando podemos repetir el verso hebreo:

No lloro jamás.

Soy valiente, no un llorón.

Pero, ¿por qué, mamá, por qué

las lágrimas lloran solas?

* Acantilado, 2011.

EXPOCYTEQ 2019